Hasta mediados del siglo XIX el aprendizaje del arte de tallar la madera se pasaba de generación en generación, sin ningún tipo de ayuda externa. La idea de fabricar diferentes modelos partió exclusivamente de los distribuidores, quienes estaban en condiciones de interpretar mejor la demanda de dichos productos en el mercado. Sin embargo, ni los comerciantes ni los talladores veían la necesidad de fabricar las tallas con una técnica más precisa y refinada. Con muy pocas excepciones, los productos eran fabricados por un artesanado doméstico subordinado al sector principal de la agricultura. Los productos artesanales gardenianos se vendían bien, pero los talladores domésticos no recibían un pago decoroso porque dependían fuertemente de los distribuidores. Éstos trataban de contener los precios al máximo porque los productos se exportaban a lugares cada vez más remotos – desde Rusia hasta América –, y eso hacía aumentar los gastos de transporte.
La situación de los artesanos gardenianos mejoró notablemente con la fundación de una escuela de tallado. La idea revolucionaria fue de Rudolf Eitelberger y no les gustó ni a los distribuidores ni al Consejo municipal que ellos presidían, ya que temían que la creación de una escuela de tallado redujera sus ganancias. El problema se resolvió gracias a que el gobierno austríaco se interesó por el proyecto y en 1872 subvencionó la fundación de una escuela técnica en Ortisei a cargo de Ferdinand Demetz, la cual posteriormente pasó a manos privadas. Dicha escuela introdujo mejoras técnicas y artísticas en el tallado en madera e indirectamente contribuyó a mejorar la situación económica de los artesanos. En pocos años se construyeron otros talleres para talladores y carpinteros, y también aumentó el número de pintores. La construcción de altares, que en la primera mitad del siglo XIX se había descuidado, volvió a retomarse, y algunos escultores se especializaron en el equipamiento y la decoración de iglesias enteras. En cuanto al volumen de trabajo y a las ganancias el Valle de Gardena superó a las otras localidades que se dedicaban tradicionalmente al tallado en madera como Oberammergau, Berchtesgaden y Múnich.
En 1894 abrió sus puertas la escuela privada de Santa Cristina, cuya dirección también estaba a cargo del director de la escuela de Ortisei, mientras que un tal profesor Raske impartía clases de diseño y tallado a un primer grupo de 12 estudiantes. Las esculturas en madera fabricadas en la escuela se exportaban y los alumnos recibían una retribución mínima diaria. Sin embargo, esta escuela tuvo que cerrar sus puertas apenas cuatro años más tarde debido a la propaganda negativa de los distribuidores, quienes sólo veían en ella una amenaza para sus intereses. Seguidamente, gracias a un gran esfuerzo por parte del municipio de Selva Gardena y a la ayuda del gobierno austríaco, se construyó otra escuela técnica en Selva Gardena. Esta vez la escuela contó desde un principio con el apoyo incondicional de los habitantes, quienes eran conscientes de que era necesario contar con una escuela profesional para garantizar el bienestar de la población. El edificio, terminado en 1908, recibió el nombre de “Scuola Professionale Imperatore Francesco Giuseppe” en honor al emperador austríaco Francisco José I de Habsburgo-Lorena.
En contraposición al artesanado, que se expandía cada vez más, la agricultura en el Valle de Gardena no logró desarrollarse de la misma manera y con el tiempo perdió su papel de principal fuente de ingresos de la población. Sin embargo, el artesanado de tallado en madera sólo siguió evolucionando en Ortisei, que desde siempre había sido el centro comercial del Valle. En los otros municipios gardenianos, así como en las poblaciones ladinas del Municipio de Castelrotto – Bulla, Roncadizza y Oltretorrente – la situación seguía siendo la misma: allí los talladores domésticos especializados en la fabricación de juguetes dependían fuertemente de sus distribuidores.
Los numerosos talleres de artesanos que surgieron en el Valle de Gardena atrajeron un gran flujo migratorio de otras poblaciones vecinas, como p. ej. del Valle de Badia y de Arabba, y también de otros países como p. ej. del Reino de Baviera y del Imperio Austrohúngaro. Estos inmigrantes enseguida encontraron trabajo como talladores, pintores, doradores y carpinteros, y contribuyeron a la prosperidad económica de Ortisei. En 1914 – o sea en menos de 50 años – el número de talladores entre maestros y alumnos había pasado de unos 20 a unos 260. Y también el número de pintores había aumentado notablemente, pasando de unos cuatro a 85. Asimismo, se desarrolló un sector separado de carpintería, que se especializó en la construcción de altares y en la decoración interior de iglesias. En dicha época se exportaban productos gardenianos en todo el mundo, sobre todo a Gran Bretaña y sus colonias, a Alemania, Rusia, Japón, China y Australia. En contraposición las exportaciones a Italia y Francia cesaron por completo debido a los altos derechos de aduana.
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