La fuerte demanda de las esculturas gardenianas después de la Segunda Guerra Mundial dejó al descubierto los límites del sistema de producción del Valle. Con el sistema putting-out los artesanos gardenianos ya no podían competir en un mercado mundial que se encontraba en continua evolución. El viejo sistema no les permitía a los distribuidores controlar ni la calidad ni los plazos de entrega de las esculturas por parte de los talladores domésticos, quienes a menudo debían satisfacer los pedidos de varios intermediarios y no siempre lo lograban. Además, tanto los artesanos como los distribuidores tenían muy poco interés en renovar la producción porque la competencia copiaba los nuevos modelos continuamente. Así corrían el riesgo de no poder satisfacer las exigencias de la clientela o de un mercado que en el ínterin había evolucionado y exigía productos excelentes con plazos de entrega cortos y seguros.
Esta nueva situación llevó a los comerciantes mayoristas a tomar las riendas de la fabricación de las esculturas. La utilización de maquinaria moderna permitió aumentar la producción considerablemente, trabajar con mayor precisión y, por consiguiente, incrementar las ganancias. Y también era posible garantizar la entrega puntual de los pedidos.
Entre los nuevos empresarios Anton Riffeser tuvo un olfato para los negocios verdaderamente poco común. Su historia es otro ejemplo de cómo la iniciativa individual es decisiva para el desarrollo de una tradición secular como la del artesanado. La empresa ANRI (ANton RIffeser), fundada en 1925, fue de hecho la primera fábrica que afrontó con valentía los retos de una gestión administrativa hasta entonces desconocida. Después de la Segunda Guerra Mundial dicha compañía fue ampliada y adquirió las primeras máquinas, como p. ej. fresadoras para desbastar las esculturas. Asimismo, fue la primera empresa del Valle en construir una planta para el secado de la madera y en abrir una sucursal propia en Alemania. Durante muchos años tuvo una importancia decisiva para la economía del Valle ya que le dio trabajo a muchísimos gardenianos. En 1952 tenía 50 empleados, tres años más tarde ya eran 150, dos años después 230 y en 1965 su número habían llegado a 280. La empresa sigue funcionando hasta el día de hoy, pero su importancia para la comunidad gardeniana ha disminuido, entre otras cosas debido al surgimiento de empresas familiares pujantes como BERGLAND.
Otro buen ejemplo de industrialización exitosa es el de la empresa SEVI (SEnoner VInzenz), que se especializó en la producción de juguetes de madera. La administración estaba en Santa Cristina, pero su planta se encontraba en la zona de Pontives, a la entrada del Valle.
En las fábricas del tipo ANRI y SEVI los talladores y los pintores trabajaban en el mismo edificio. La novedad era que el dueño de la fábrica ponía las diferentes herramientas y maquinarias de trabajo a disposición de sus empleados y les pagaba un salario mensual. Al principio la actitud de los gardenianos hacia las fábricas era crítica y desconfiada, pero con el correr del tiempo se dieron cuenta de las ventajas que ofrecía el trabajo dependiente. Un trabajador dependiente no sólo recibía un salario fijo, primas, subsidio familiar y una pensión, sino que también estaba asegurado contra enfermedades y accidentes, y realizaba su trabajo en espacios cómodos y bien iluminados. Hasta ese momento los talladores y pintores nunca habían conocido tales condiciones de trabajo.
Sin embargo, desde hace algunos años se nota claramente una creciente tendencia en la dirección contraria, ya que las grandes empresas industriales se ven enfrentadas a dificultades cada vez mayores. Los trabajos finos, como p. ej. el acabado de las figuras, el ensamblado de las piezas de madera y la pintura de las esculturas, deben hacerse forzosamente a mano. Debido a eso, las empresas de grandes dimensiones tienen costes fijos muy altos y poca flexibilidad gerencial, por lo que no pueden superar fácilmente los períodos de crisis. Cuando no se alcanza el volumen de ventas previsto, se ven obligadas a despedir personal y, en casos de extrema necesidad, a detener la producción, como le sucedió p. ej. a la firma SEVI. Por esa razón, en los últimos tiempos cada vez tienen más éxito las pequeñas empresas familiares, ya que son más flexibles, tienen productos más originales y de alta calidad, mantienen una excelente relación con su clientela y, ante todo, pueden controlar mejor sus costos. Casi se podría decir que en el Valle de Gardena se ha vuelto a un sistema putting-out, ya que las empresas familiares les dan trabajo a los talladores domésticos y venden los artículos que éstos producen bajo su propia marca.
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