La Segunda Guerra Mundial no tuvo consecuencias tan graves para el Valle de Gardena como tuvo la Primera, y hacia fines del conflicto algunos miembros influyentes de las tropas americanas intercedieron para que la demanda de esculturas gardenianas volviera a aumentar. Las artesanías que quedaban en las tiendas terminaron de venderse y al poco tiempo se renovaron los contactos con el mercado estadounidense. Incluso la demanda de esculturas sacras volvió a aumentar. Al comienzo de la década de 1960 se exportaban por lo menos 2/3 de las esculturas producidas, y de esos 2/3 entre el 75 % y el 80% tenía como destino los Estados Unidos. Este país era particularmente receptivo gracias a que allí el catolicismo tenía muchísimos adeptos y la Iglesia norteamericana prefería una decoración litúrgica más sencilla. Por otra parte, las exportaciones hacia América del Sur superaron las exportaciones a los estados europeos, inclusive a Alemania, que en el ínterin había perdido su papel de socio comercial, sobre todo en los primeros años de posguerra. Sin embargo, sucesivas disposiciones del Concilio Vaticano II (1962-’65), que prescribían estatuas sacras aún más sobrias, causaron el cese total de la demanda en ese sector por algunos años. Lo que seguía floreciendo era el comercio de pequeñas esculturas de madera con países como los Estados Unidos, Alemania, Suiza e Italia. En relación al período precedente a la guerra, la venta de pequeños objetos de madera en el mercado interno también había ido aumentando hasta llegar a representar el 25 %.
Para ese entonces el artesanado de la madera en el Valle de Gardena había adquirido proporciones tan grandes que no quedaba ni una sola familia que no tuviese las herramientas necesarias para tallar una estatuilla. En 1965 el sector del tallado en madera daba trabajo a unas 2.000 personas, lo cual correspondía a 1/3 de la población total del valle.
En cuanto a la organización de la mano de obra, se observaban dos tendencias opuestas. Mientras que los talladores se organizaban en grupos, los escultores y los pintores preferían trabajar de manera más individual. Por esa razón desaparecieron los grandes talleres de escultores tan característicos de Ortisei hasta 1900, que tenían entre 15 y 20 alumnos. Esta transformación se debió a tres factores: el deseo de los escultores de independizarse de los distribuidores, una creciente demanda de estatuas de madera de clientes cada vez más exigente y motivos de orden fiscal.
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