Durante este período surge una figura muy importante para el comercio de los productos gardenianos: el vendedor ambulante. Dichos vendedores no tenían una sede fija, sino que recorrían los diferentes mercados. Salían del Valle en primavera llevando a sus espaldas canastas repletas de juguetes de madera y regresaban recién en otoño. En invierno se retiraban a sus casas y se dedicaban a fabricar la mercancía para la primavera siguiente. Al poco tiempo los viajes se hicieron más largos, de manera que la cantidad de objetos que era capaz de transportar un solo comerciante ya no alcanzaba. Entonces, aquéllos que habían logrado reunir un pequeño capital se establecieron en el exterior, donde podían vender más fácilmente los productos que adquirían en el Valle. La mayoría se estableció en las grandes ciudades alemanas, austríacas, italianas, españolas y portuguesas. Los estrechos lazos económicos que existían entre el Valle de Gardena y dichos países, así como la facilidad de los comerciantes gardenianos para aprender otros idiomas contribuyeron a allanarles el camino.
Algunos de estos comerciantes no se limitaban a vender los objetos de manufactura gardeniana, sino que también trabajaban como intermediarios, anticuarios y agentes de cambio, aprovechando plenamente su talento en el ámbito del comercio. Dado que los comerciantes gardenianos en el exterior necesitaban ayudantes y empleaban con gusto jóvenes gardenianos, las familias del Valle comenzaron a enviar a sus hijos de 14 a 16 años a sus parientes en el exterior para que pudieran aprender la profesión de comerciante. Se estima que alrededor del año 1800, los vendedores ambulantes gardenianos establecidos en el exterior habían acogido 2/3 de la población del Valle de Gardena, o sea unas 1200 personas. Muchos de ellos lograron alcanzar un cierto bienestar económico, como p. ej. Melchiorre Ortner, quien se estableció en la ciudad española de Cuenca y financió unos 300 hombres durante la primera guerra colonial española. Sin embargo, el Valle de Gardena en sí no sacó mucho provecho de este bienestar económico, a no ser en los casos de fallecimiento en los que la herencia de los emigrantes recaía sobre los parientes que residían en el Valle. En Francia, que hubiera podido convertirse en uno de los mercados de consumo más rentables para el Valle de Gardena, se establecieron muy pocos comerciantes gardenianos, debido a que durante la Revolución Francesa muchos de ellos tuvieron que dejar de ejercer su profesión.
Estos flujos migratorios en busca de fortuna fuera del Valle terminaron definitivamente en la primera mitad del siglo XIX, principalmente debido a los cambios que se produjeron en las condiciones de comercio – desde la ampliación de las vías de comunicación hasta la utilización de nuevos medios de transporte – y, sobre todo, debido a la introducción del servicio militar obligatorio, que impidió que los jóvenes pudieran alejarse del Valle por largos períodos de tiempo. Otros dos factores que también contribuyeron a detener el flujo migratorio fueron la construcción de la estrada que conectó el Valle con la carretera de Brennero en 1856 y la construcción de la vía férrea del Valle de Gardena en 1915.
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